Pescadores y científicos recuperan manglares amenazados en Baja California Sur, México

Por Astrid Arellano | Mongabay Latam|31 marzo 2024. Desde hace décadas, los humedales del Parque Nacional Bahía de Loreto, en Baja California Sur, en el noroeste de México, fueron deteriorados por la actividad salinera que modificó los patrones de inundación natural en la zona.

Un proyecto colaborativo entre dos organizaciones y la comunidad de pescadores Ensenada Blanca trabaja en la restauración ecológica de los manglares de la Isla del Carmen, ubicada dentro del Parque Nacional, a través de la rehabilitación de su sistema hidrológico y la construcción de terrazas de vegetación para sembrar mangle negro (Avicennia germinans).

El proyecto incluye la capacitación y educación ambiental de la comunidad sobre la importancia de conservar este ecosistema para las especies silvestres, para la economía del pueblo y para enfrentar los efectos del cambio climático.

Los manglares y humedales de la Isla del Carmen, en el municipio de Loreto, Baja California Sur, fueron impactados por la extracción de sal durante décadas. Desde principios del siglo XX, esta actividad económica motivó incluso la fundación de un pueblo en su territorio para albergar a los trabajadores que diariamente viajaban en embarcaciones de carga. El auge terminó en la década de los ochenta. De todo ello, sólo quedaron ruinas: edificios, maquinaria, una iglesia y un muelle. La isla, situada en el Golfo de California, no volvió a ser la misma. Un fuerte deterioro ambiental la ha marcado hasta nuestros días.

“Esa actividad sin duda generó deterioro en la isla. En el proceso se tuvieron que inundar ciertas lagunas y dejar que el sol hiciera su trabajo al evaporar el agua, para obtener la sal de esa manera”, explica el biólogo Arturo Peña, director de la oficina regional en Loreto de Organización Vida Silvestre (OVIS) A.C., que trabaja desde hace casi tres décadas en la conservación de la zona. Como resultado, se removieron al menos 200 hectáreas de manglar.

Peña recuerda que, en los años setenta, antes de que fuera decretado el Parque Nacional Bahía de Loreto —que protege a cinco islas, incluida la del Carmen—, el furor de la salinera se vivía específicamente en el sitio conocido como Bahía Salinas, en la parte suroeste de la isla, en donde precisamente estaban las comunidades de mangle negro (Avicennia germinans).

“Al terminar la actividad de extracción de sal, se abandonó la isla y la gente que vivía allí, se regresó al continente para formar la comunidad de Ensenada Blanca”, narra el especialista. Hoy, son los nietos o hijos de los que estuvieron trabajando en la extracción de sal los que viven allí, y son ellos mismos quienes desde el 2021 están restaurando los ecosistemas de la Isla del Carmen.

“Somos 12 personas de la comunidad, cinco mujeres y siete hombres, y somos pescadores. Yo soy el encargado de organizar las salidas y al equipo”, cuenta Alejandro Castro, líder comunitario en Ensenada Blanca. Un año atrás, el trabajo de esta brigada comenzó con acciones de limpieza en la línea costera, en colaboración con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp). A través de esta institución fue que recibieron la invitación de OVIS para trabajar con los manglares.

“Nos capacitamos y aprendimos sobre la labor que tienen los manglares. Ahora sabemos para qué sirven. Los árboles producen oxígeno, son los que limpian el aire y protegen a muchas especies, pero también a la línea costera de huracanes”, explica.

En coordinación con OVIS y el Centro de Información y Comunicación Ambiental de Norte América (Ciceana) A.C., hoy trabajan en la rehabilitación del sistema hidrológico del humedal, con la limpieza de los canales naturales que fueron afectados por la salinera. También trabajan en la construcción de terrazas de vegetación, creadas a partir del sedimento que se extrae de la limpieza de los canales, para sembrar semillas de mangles sobre ellas. Hasta la fecha, acumulan 11 000 propágulos de manglar creciendo bajo el sol.

Vista desde tierra firme, la Isla del Carmen impresiona por su tamaño. Sus 27 kilómetros de largo y otros nueve de ancho, albergan una vegetación desértica en donde abundan diversas especies de matorrales y plantas halófitas. OVIS describe que las 15 100 hectáreas de su territorio están conformadas principalmente por grandes sierras de roca volcánica y aluvión, con lomeríos, mesetas y elevaciones que alcanzan los 479 metros sobre el nivel del mar.

De acuerdo con los monitoreos de la organización, la fauna de la isla es muy diversa, pues se tienen registros de 47 especies de mamíferos, 19 de reptiles y una de anfibios. Sin embargo, el grupo mejor representado es el de las aves, con 86 especies. La isla resulta un importante hábitat para el pelícano café (Pelecanus occidentalis), la tijereta (Fregata magnificens) y el bobo patas azules (Sula nebouxii). Además es sitio de anidación de aves marinas residentes como la gaviota de patas amarillas (Larus livens), el gavilán pescador (Pandion haliaetus) y el ostrero americano (Haematopus palliatus).

Esto se debe a que la ubicación geográfica de los humedales y manglares de la región noroeste de México los convierte en sitios de gran importancia para el desarrollo de aves acuáticas tanto residentes como migratorias que utilizan la ruta migratoria del Pacífico.

Playero diminuto (Calidris minutilla), un ave que puede ser observada en la Isla del Carmen. Foto: Gaspar Bautista / OVIS
“Los manglares, en donde sea que estén, son importantes. Están asociados a cuerpos de agua costeros que también son parte del ciclo de vida de muchas especies de importancia comercial en la pesca, empezando por los camarones”, describe Peña. Pero además, los manglares de la Isla del Carmen, que están entre los más norteños de México, son refugio para el alimento de grandes mamíferos como las ballenas azules y grises.

El sitio de restauración comprende una superficie de 50 hectáreas donde hay parches de manglar principalmente negro (Avicennia germinans). El proyecto en Bahía Salinas interviene en las lagunas de inundación que fueron utilizadas para la extracción de sal y en las que se interrumpió el flujo normal o cotidiano de las mareas modificando el entorno.

Según describe Peña, “lo que se hizo fue determinar cómo eran los flujos hídricos naturales que inundaban esas lagunas cuando estaban completamente abiertas y activas”, es decir, antes de que fueran intervenidas por la actividad salinera.

Lo primero, era permitir nuevamente el paso del agua de mar a estas lagunas. El equipo comunitario y de especialistas —con trabajo hecho a pico y pala— reabrieron y desazolvaron los canales naturales principales y secundarios para permitir el ingreso del agua. Esta actividad la acompañaron de un Sistema de Bombeo de Agua por Marea, consistente en la instalación de un tubo para comunicar el mar con la laguna.

“La salinidad es muy fuerte allí porque esa agua está estancada; esa es la razón por la cual no han crecido los mangles”, explica Alejandro Castro, el líder comunitario de Ensenada Blanca. “Por eso, el primer paso es hacer los canales para controlar la salinidad del mar, que entre el agua y salga, que no se quede estancada”, precisa.

“Si bien las diferentes especies de manglar aguantan altas salinidades, en una laguna de inundación para la actividad saliera, estamos hablando de 80 a 85 partes por millón de concentración de sal, lo cual es crítico para las especies”, explica el biólogo Peña. “Por eso la idea es ingresar agua para que disminuya la concentración de la salinidad y permita el establecimiento de las plántulas de manglar”.

La segunda etapa consiste en hacer las terrazas alrededor de cada canal y sembrar en ellas las semillas de mangle.

Las terrazas de vegetación se construyen utilizando el lodo o sedimento que se saca de esa limpieza de canales —agrega Alejandro Castro—, material con el que forman rectángulos de entre cuatro y cinco metros de largo, por dos de ancho, con una altura suficiente para que el agua de mar no las cubra. Entre cada terraza, se deja un metro de separación para que el agua fluya libremente por los canales.

Actualmente cuentan con 40 terrazas de este tipo y unos dos kilómetros de canales abiertos para alimentar a las nuevas plantas de Avicennia germinans, cuyas semillas fueron recolectadas en la temporada anterior por el equipo comunitario, quien también se ha encargado de dispersarlas mediante la técnica de voleo, es decir, esparciendo las semillas a mano y al azar sobre cada isla.

“También tenemos mangle rojo (Rhizophora mangle) —que está en Bahía Balandra, al otro lado de la isla, donde recolectamos su semilla—, pero se siembra diferente”, cuenta Castro. “La semilla es como una bala. Entonces se cortan y se entierran paradas, a una distancia más o menos prudente, a un metro o metro y medio”, explica.

Hasta ahora, el proyecto ha sido exitoso. De los 18 000 propágulos o germinaciones de mangle negro y 2000 de mangle rojo recolectados, se logró la sobrevivencia y crecimiento de 11 000 plántulas totales.

Aunado a estos trabajos, se monitorea la salinidad actual del agua en el humedal para así obtener información técnica que sea útil para analizar los cambios en la calidad del agua del sistema. Por ello el equipo de especialistas realiza salidas de campo mensuales para medir parámetros fisicoquímicos del agua como salinidad, temperatura y sólidos totales disueltos, en 11 puntos de muestreo distintos.

Los resultados obtenidos hasta ahora son favorables: de acuerdo con los estudios de OVIS, en noviembre del 2023, los valores de salinidad habían disminuido considerablemente. Los siguientes estudios comenzaron en febrero del 2024 y habrá que esperar para obtener los nuevos resultados.

Educar para conservar
El proyecto de restauración de manglares no estuvo completo sino hasta que se involucró la comunidad en su conjunto. En Ensenada Blanca, estudiantes de preparatoria y universidad, pescadores, prestadores de servicios turísticos y autoridades comunitarias han sido instruidos en la importancia de la conservación de estos ecosistemas.

Allí fue donde intervino el Centro de Información y Comunicación Ambiental de Norte América (Ciceana) A.C., organización especializada en educación ambiental que se alió con OVIS para funcionar como el brazo social del proyecto y para el que consiguieron el financiamiento de la Fundación SíMiPlaneta A.C.

“Si la comunidad va a estar viviendo allí por siempre, ¿por qué no trabajar y fomentar en ella la cultura de conservación? Esto va más allá de decir que no se debe tirar basura o eliminar el manglar sino, más bien, reflexionar en por qué está así, deteriorado. Que la comunidad entienda su contexto y lo mucho que se ha perdido”, explica Arisbeth Rosales, bióloga especialista en conservación biológica y desarrollo comunitario, directora operativa de Ciceana.

Así se han promovido varios talleres y conversaciones comunitarias —en donde no sólo se comparten productos audiovisuales y didácticos, sino que se promueve el diálogo y la reflexión— que han impactado a muchas más personas sobre la importancia de la conservación del manglar y la salud de los océanos.

“La difusión de este mensaje va más allá de las personas a las cuales en primera instancia tú les platicaste o reflexionaste con ellos. Por ejemplo, en los alumnos de nivel profesional que serán futuros profesores, al terminar su formación y empiecen a trabajar con alumnos, serán replicadores del mensaje de hacer mejor las cosas para el bienestar de nuestro entorno y nuestro ecosistema”, agrega la bióloga.

Lo mismo ocurre con los prestadores de servicios turísticos que ahora transmiten la información a los visitantes o los mismos pescadores artesanales que, aún cuando sus prácticas de pesca no son tan invasivas, buscan mejorarlas.

Pero el trabajo más conmovedor —dice la bióloga— es con las infancias. Había muchos niños que no sabían la historia de su propia comunidad. Ahora saben que existió una salinera, que la actividad causó la erosión de la isla y la pérdida de los manglares.

“Ahora se sienten orgullosos de su comunidad, pero también son conscientes de que no todo el mundo habita un paisaje como en el que ellos viven y que está a punto de desaparecer si no hacemos nada”, agrega Rosales.

La asociación de plántulas de mangle con la vegetación secundaria del sitio permite su desarrollo. Foto: Gaspar Bautista / OVIS
Lo que viene para este 2024 es involucrar a las escuelas para ser parte de un programa de voluntariado. “Que vayan a sembrar los manglares o a ayudar en las actividades. O sea, que suden dentro del proyecto para que su sensibilización sea un poco más viva. Que sepan que cuesta trabajo restaurar y que por eso vale más conservarlo”, sostiene la bióloga.

En el futuro que Alejandro Castro imagina para la Isla del Carmen, el paisaje se vislumbra de color verde, con manglares grandes en donde las especies puedan habitar y reproducirse sin amenazas. Para lograrlo definitivamente, hay que sembrar la semilla de la sensibilidad y la responsabilidad en las nuevas generaciones.

“Incluso nosotros vamos a dar pláticas a las escuelas, para que los más jóvenes traigan eso en su mente, cosa que nosotros nunca tuvimos de niños. Antes se trataba de sacarle y sacarle al mar. No es nada más ir y llenar nuestra lancha con productos para tener dinero. Ahora tiene que ser diferente”, dice el pescador. “Uno de los sueños que siempre he tenido es devolverle algo al mar. Yo ya tengo 30 años en él, porque desde los 11 años me metí a pescar. Quiero inculcarle a la juventud que se puedan hacer cosas buenas, que se puede regresar al mar un poquito de todo lo que nos ha regalado”.

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